Victor SERGE:
saber sobre la represión |
¿Qué piensa usted de la ametralladora? ¿No prefiere una máquina de escribir o un aparato fotográfico?
Gentes honestas, y que se ocupan de sociología, plantean a veces, a propósito de las realidades de la revolución, preguntas de tal calibre. Hay los que reprueban con lirismo toda violencia, toda dictadura, confiados, para lograr el fin de la opresión, de la miseria, de la prostitución y de la guerra, tan sólo en la intervención, sobre todo literaria, del espíritu. Gozando en realidad de un confort considerable, en la sociedad tal cual es, se sitúan altaneramente "por encima del conflicto social". En vez de la metralleta, prefieren, muy particularmente, la máquina de escribir.
Otros sin repudiar la violencia, repudian formalmente la dictadura. La revolución les parece una liberación milagrosa. Sueñan con una humanidad que, con sólo liberarse de sus trabas se haría pacífica y buena. A despecho de la historia, de la verosimilitud, del sentido común y de sus propósitos, sueñan con una revolución total, no sólo idílica, claro, aunque sí breve, decisiva, definitiva, con futuros radiantes. "Fresca y alegre", quisieran agregar, pues en el fondo mucho se parece esta concepción de la lucha al mito oficial de la "última guerra" imaginada en 1914 por las burguesías aliadas. Nada de época de transición; nada de dictadura del proletariado ("¡Contra todas las dictaduras! "); nada de represión después de la victoria de los trabajadores; nada de tribunales revolucionarios; nada de Cheka, sobre todo, ¡por todos los dioses! , ¡nada de Cheka! ; nada de prisiones... La entrada con pie firme en la libre ciudad del comunismo; el arribo inmediato, después de la tormenta, a las Islas Afortunadas. A las metralletas, estos revolucionarios, nuestros hermanos libertarios prefieren... las guirnaldas de rosas, de rosas rojas.
Otros, en fin, creen que, por ahora, se le debe dejar el monopolio del uso de la metralleta a las clases poseedoras, y tratar de inducirlos suavemente, por persuasión, a renunciar a ellas.
Mientras tanto estos reformadores padecen penas sin cuento tratando de obtener de conferencias internacionales la reglamentación del uso de disparos en ráfaga... Parece que se dividen en dos categorías: los que al uso de la metralleta prefieren sinceramente el uso de la mesa de discusiones; y los que, más prácticos y desilusionados, prefieren in petio el uso de los gases asfixiantes.
En verdad, nadie -salvo tal vez algún fabricante de armas y municiones- tiene especial predilección por el uso de la metralleta. Pero la metralleta existe. Es una realidad. Una vez recibida la orden de movilización, hay que elegir entre estar delante de esta cosa real o estar detrás de ella, entre servirse de la simbólica máquina de matar o servirle de blanco. Nosotros preconizamos entre los trabajadores el uso de una tercera solución: tomar este instrumento de muerte y volverlo contra sus fabricantes. Los bolcheviques rusos decían desde 1915: "Transformar la guerra imperialista en guerra civil."
Todo lo que hemos dicho de la metralleta se aplica al Estado y a su aparato de dominación: prisiones, tribunales, policía, servicios policíacos. La revolución no escoge las armas. Recoge del campo ensangrentado las que la historia ha forjado, las que caen de las manos de la clase dirigente vencida. Ayer a la burguesía, para reprimir a los explotados, le era necesario un poderoso aparato coercitivo: ahora también un poderoso aparato represivo le sirve a los obreros y campesinos para vencer la extrema resistencia de los poseedores desposeídos, para impedirles retornar al poder, para mantenerlos en una constante carencia de sus privilegios. La metralleta no desaparece: cambia de manos. No es preferible el arado, por ahora...
Pero dejemos las metáforas y las analogías simplistas. La característica de la metralleta es que no se modifica, cualquiera sea la manera de usarla. Si se la instala en un museo, amordazada por un rótulo de cartón; si se la emplea inofensivamente en ejercicios de academia militar; si, agazapada en un agujero de obús, le sirve a un campesino de Beauce para perforar la carne de su hermano, el cultivador de Westfalia; si, instalada en el umbral de un palacio expropiado, mantiene en jaque a la contrarrevolución, no se le modifica ni un tornillo, ni una tuerca.
Por el contrario, una institución es modificada por los hombres, y más aún, infinitamente más por las clases que se sirven de ella. El ejército de la monarquía feudal francesa de antes de la revolución de 1789-93, aquel pequeño ejército profesional, formado por mercenarios a sueldo y por pobres diablos reclutados a la fuerza, dirigidos por nobles, se parece muy poco al ejército que se formó al día siguiente de la revolución burguesa, aquella nación en armas, constituida espontáneamente al llamado de "la patria en peligro", dirigida por viejos sargentos y por diputados. Igualmente profunda era la diferencia entre el ejército del antiguo régimen ruso imperial, llevado a la derrota por el gran duque Nicolás, con su casta de oficiales, servicio duramente impuesto, régimen del "puñetazo en el hocico", y el Ejército Rojo organizado por el partido comunista, por su gran animador Trotsky, con sus comisarios obreros, su servicio de propaganda, sus cotidianos llamados a la conciencia de clase del soldado, sus épicas victorias... Igualmente profunda, si no más, la diferencia entre el Estado burgués destruido de arriba abajo por la Revolución Rusa de octubre de 1917, y el Estado proletario edificado sobre sus escombros. Planteamos el problema de la represión. Veremos que la analogía entre el aparato represivo del Estado burgués y el del Estado proletario, es mucho más aparente que real.
A mediados de noviembre de 1917, los soviets, detentadores exclusivos del poder desde hacía pocos días, lograda en toda Rusia una completa victoria insurreccional, vieron abrirse la era de las dificultades. Continuar la revolución resulté cien veces más difícil de lo que costó tomar el poder. En las grandes ciudades no había ni servicios públicos ni administración que funcionara. La huelga de técnicos amenazaba con provocar las peores aglomeraciones y con calamidades sin cuento. El agua, la electricidad, los víveres, podían faltar a los tres días; el alcantarillado no funcionaba, y esto hacía temer epidemias; los transportes eran más precarios, problemático el avituallamiento. Los primeros comisarios del pueblo que llegaron a tomar posesión de los ministerios, hallaron las oficinas vacías, cerradas, con los estantes bajo llave y algunos ujieres hostiles y obsequiosos esperando que los nuevos jefes hicieran romper los cajones vacíos de los secretarios... Este sabotaje de la burocracia y de los técnicos, organizado por los capitalistas (los funcionarios "en huelga" recibían subsidios de un comité de plutócratas), dura algunas semanas con carácter critico, y meses e incluso años en forma más atenuada. Mientras tanto, la guerra civil se encendía lentamente. La revolución victoriosa, poco inclinada a derramar sangre, muestra hacia sus enemigos más bien una peligrosa indulgencia. Libres bajo palabra (ése fue el caso del general Krasnov) o ignorados, los oficiales zaristas se reagrupaban apresuradamente en el sur, formando los primeros núcleos de los ejércitos de Kornilov, de Alexéiev, de Krasnov, de Denikin, de Wrangel. La generosidad de la joven república soviética habría de costarle, durante años, ríos de sangre. Algún día los historiadores se preguntarán y los teóricos comunistas indudablemente harían bien anticipándose a los trabajos de los historiadores, si la Rusia roja no se hubiera ahorrado una parte de los horrores de la guerra civil y del doble terror blanco y rojo, con un mayor rigor en sus inicios, con una dictadura que se hubiera esforzado en reducir sin tregua a las clases enemigas a la impotencia mediante medidas de seguridad públicas, incluso a las clases que parecían pasivas. Este era, parece, el pensamiento de Lenin, quien se dedicó en muy buena hora a combatir las vacilaciones y las medias tintas, tanto en la represión como en otros asuntos. Esta era la concepción de Trotsky, concretada en algunas órdenes draconianas al Ejército Rojo y en Terrorismo y comunismo. Es lo que Robespierre decía ante la Convención, el 16 de enero de 1792: "La clemencia que contemporiza con los tiranos es bárbara." La conclusión teórica que nos parece se debe extraer de la experiencia rusa es que, en sus inicios, una revolución no puede ser ni clemente ni indulgente, sino más bien dura. En la guerra de clases se debe golpear duro, lograr victorias decisivas, para no tener que reconquistar constantemente, siempre con nuevos riesgos y nuevos sacrificios, el mismo terreno.
Entre octubre y noviembre de 1917, la justicia revolucionaria sólo efectuó 22 ejecuciones capitales, principalmente de enemigos públicos. La Comisión extraordinaria para la represión de la contrarrevolución y de la especulación, por abreviatura Cheka, fue fundada el 7 de diciembre, en razón de actividades cada vez más atrevidas del enemigo interior. ¿Cuál era la situación en ese momento? A grandes rasgos: las embajadas y las misiones militares de los aliados son permanentes focos de conspiración. Los contrarrevolucionarios de todo cariz encuentran en ellas aliento, subsidios, armas, dirección política. Los industriales colocados bajo control obrero o desposeídos sabotean la producción, conjuntamente con los técnicos. Todas las herramientas, las materias primas, las existencias, los secretos laborales, todo lo que se podía esconder, se escondía; todo lo que se podía volar, se volaba. El sindicato de transportes y la cooperativa dirigida por los mencheviques acentuaron con su resistencia los obstáculos para el avituallamiento. La especulación agrava la escasez, el agio agrava la inflación. Los cadetes -demócratas constitucionales- burgueses, conspiran; los socialistas-revolucionarios conspiran; los anarquistas conspiran; los intelectuales conspiran; los oficiales conspiran. Cada ciudad tiene su estado mayor secreto, su gobierno provisional, acompañados de prefectos y de habladores prestos a surgir de la penumbra después del golpe inminente. Los adheridos son sospechosos. En el frente checoslovaco, el comandante en jefe del Ejército Rojo, Muraviev, traiciona, quiere pasarse al enemigo. Los socialistas-revolucionarios preparan el asesinato de Lenin y de Trotsky. Uritsky y Volodarsky son muertos en Petrogrado. Najimsón es muerto en Jaroslaví. Sublevación de los checoslovacos; sublevaciones en Jaroslaví, Rybinsk, Mourom, Kazán... Complot de la Unión por la Patria y la Libertad, complots de los socialistas-revolucionarios de derecha; golpe de los socialistas-revolucionarios de izquierda; caso Lokhart (a este cónsul general de la Gran Bretaña le va menos bien que a Noulens). Los complots se sucederán por años. Era la labor de zapa en el interior, coordinada con la ofensiva en el exterior de los ejércitos blancos y de los intervencionistas extranjeros. Se darán el caso del Centro Táctico, en Moscú, las actividades del inglés Paul Dux y el caso Tagántsev en Petrogrado; el atentado del Leóntievsky Pereúlok en Moscú (caso de "los anarquistas clandestinos"); las traiciones del fuerte de Krásnaya-Gorka y del regimiento de Seménovsky;(1) la contrarrevolución económica y la especulación. Durante años, los directores de empresas nacionalizadas siguieron en realidad al servicio de los capitalistas expropiados; les informan, ejecutan sus órdenes, sabotean en su interés la producción; hay innumerables excesos y abusos de todas clases, infiltraciones de pescadores en río revuelto en el partido dirigente; los errores de unos, la corrupción de los otros; hay el individualismo pequeñoburgués enredado en luchas caóticas... Nada de problemas de represión. La Cheka es tan necesaria como el Ejército Rojo o como el Comisariado de Avituallamiento.
Ciento veinte años antes, la Revolución Francesa, en situaciones semejantes, había reaccionado de manera casi idéntica. Los revolucionarios de 1792 tenían el Comité de Salud Pública, el Tribunal Revolucionario, Fouquier-Tinville, la guillotina. No olvidemos tampoco a "Jourdan-corta-cabezas" ni a Carrier de Nantes.
Jornadas de septiembre, proscripción de los emigrados, ley contra los sospechosos, cacería de sacerdotes hostiles, despoblación de la Vendée, destrucción de Lyon. "Se debe matar a todos los enemigos interiores -decía simplemente Dantón a los convencionistas- para triunfar sobre los enemigos del exterior." Y frente al tribunal Revolucionario, él, el "ministro de la Revolución", acusado de las matanzas de septiembre, acusado de querer la clemencia, exclama "¿Qué me importa ser llamado bebedor de sangre? Bebamos, si es necesario, la sangre de los enemigos de la humanidad". No citaremos a Marat, al que los revolucionarios proletarios podrían considerar suyo con alguna razón, pero sí al gran orador del partido moderado de la revolución burguesa, Vergniaud. Exigiéndole a la asamblea legislativa una actitud sumaria terrorista contra los emigrados, el tribuno de la Gironda decía el 25 de octubre de 1791:
"¡Pruebas legales! ¡Entonces no tenéis en nada la sangre que os costarán! ¡Pruebas legales! ¡Ah! ¡Prevengamos más bien los desastres que podrían procurarnos tales pruebas! ¡Tomemos ya medidas drásticas!"
¿Por qué extraña aberración, los burgueses de la III República, en la que los abuelos vencieron por medio del terror a la monarquía, a la nobleza, al clero feudal, a la intervención extranjera, se habrían de indignar vehementemente contra el terror rojo?
No negaremos que el terror es terrible. Amenazada de muerte, la revolución proletaria lo utilizó en Rusia durante tres años, de 1918 a 1921. De muy buen grado suele olvidarse que la sociedad burguesa, además de las revoluciones que terminaron formándola, tuvo necesidad, para nacer y crecer, de siglos de terror. La gran propiedad capitalista se formó a lo largo de los siglos por medio de la expropiación implacable de los campesinos. El capital manufacturero y después el industrial se formaron por la explotación implacable, complementada por una legislación sanguinaria, de los campesinos desposeídos, reducidos al vagabundaje. Esta espantosa página de la historia es pasada en silencio en los manuales escolares e incluso en las obras serias. La única exposición de conjunto, concisa pero magistral, que conocemos, es la de Carlos Marx, en el capítulo XXIV de El Capital: "La acumulación originaria."
"A fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI -escribe Marx- rigió en toda la Europa occidental una legislación sanguinaria contra el vagabundaje. Los antepasados de los obreros actuales fueron de hecho castigados por haberse dejado convertir en vagabundos y en miserables."
Uno de los fines de esta legislación muy precisa era el de proporcionar mano de obra a la industria. Pena de látigo para los vagabundos, esclavitud para quien se negara a trabajar (edicto de Eduardo VI, rey de Inglaterra, 1547), marca al rojo vivo para el que trate de evadirse, ¡muerte en caso de reincidencia! El robo se castigaba con la muerte. Según Tomás Moro, "72.000 pequeños o grandes ladrones fueron ejecutados bajo el reinado de Enrique VIII", quien reinara 24 años, de 1485 a 1509. Inglaterra tenía entonces de 3 a 4 millones de habitantes. "En tiempos de la reina Isabel, los vagabundos eran ahorcados por series, y cada año se hacia ahorcar de 300 a 400." Bajo esta gran reina, los vagabundos de más de 18 años que nadie quisiera emplear durante por lo menos dos años, eran condenados a muerte. En Francia, "bajo Luis XVI [ordenanza del 13 de julio de 1777] todo hombre apto, de 16 a 60 años, que careciera de medios de subsistencia y que no ejerciera alguna profesión, debía ser enviado a galeras". En una de sus cartas, tan apreciadas por los literatos, madame de Sevigné hablaba con una encantadora sencillez de acostumbrados "colgamientos" de campesinos.
Durante siglos, la justicia no fue más que terror, utilitariamente organizado por las clases poseedoras. Robarle a un rico ha sido siempre mayor crimen que matar a un pobre. La falsificación de la historia, hecha de acuerdo a los intereses de clase de la burguesía, es la regla en la enseñanza de los países democráticos, y todavía no existe en francés, que nosotros sepamos, una historia seria de las instituciones sociales que esté a disposición de las escuelas o del gran público. Por ello necesitaremos recurrir a una documentación referente a Rusia. El historiador marxista M.
N. Pokrovsky, le dedica a la justicia, en su destacada obra Historia de la cultura rusa, un capítulo de una veintena de páginas. Bajo Juan III, en el siglo XV, la justicia era aplicada por los boyardos, los dvorian -casta privilegiada de grandes terratenientes- y por los buenos (es decir, más exactamente, por los ricos) campesinos. La opinión de estas "honradas gentes" bastaba para justificar completamente una condena a muerte, siempre que se tratara, claro está, de un pobre.
"A fines del siglo XV -escribe M. N. Pokrovsky ya es evidente que la supresión de los elementos sospechosos es la esencia de este derecho." ¿Sospechosos para quién? Sospechosos para los ricos. Un documento que data de 1539 otorga el derecho de aplicar la justicia a los nobles (boyardos) asistidos por "personas honradas" (los campesinos ricos). El acuerdo prescribe la pena de muerte para los "ladrones sorprendidos infraganti o no". Y autoriza la pena de tormento para los "malhechores". Obtenida la confesión, el "culpable" será colgado; si no confiesa, se le puede encarcelar a perpetuidad. Las ordenanzas que establecen este derecho no admiten que un noble pueda ser juzgado. La justicia no comienza a ser efectiva sino tratándose de campesinos, de artesanos, de comerciantes y se hace de verdad rigurosa sólo con los pobres. Para convencerse de la crueldad de esta justicia, bastará con recorrer la historia de las revoluciones campesinas guerras campesinas de Alemania, jacqueries en Francia- que señalaron el surgimiento de la propiedad capitalista. Parecidas instituciones han existido en todos los países donde hubo servidumbre. Esta justicia de clase de la propiedad latifundista feudal no ha desaparecido, y sólo muy lentamente cede su puesto a la de las monarquías absolutas -más completa pero no menos feroz caracterizadas por la importancia creciente del comercio. Hasta la revolución burguesa, hasta épocas recientísimas de la historia, ninguna igualdad frente a la "justicia", ni siquiera puramente formal, ha existido entre pobres y ricos.
Es claro: las revoluciones nada innovan en materia de represión y de terror; no hacen más que resucitar, en forma de medidas extraordinarias, los principios de justicia y de derecho que durante siglos han sido los mismos de las clases poseedoras contra las clases desposeídas.
Toda vez que las crisis sociales han puesto frente a la burguesía moderna el problema de la represión, ésta no ha vacilado en recurrir a los procedimientos más sumarios de la justicia de clase, tratando a sus enemigos como trataba a los vagabundos en el siglo XV. Colgó, ametralló por millares, en 1848, a los insurgentes parisinos del barrio Saint-Antoine, que no eran más que cesantes exasperados por hábiles provocadores. Estos grandes hechos históricos no se deben olvidar. Dos veces, con la mejor sangre humana, la burguesía ha escrito en el libro de la historia la justificación anticipada del terror rojo: decapitando, para tomar el poder, a los aristócratas feudales y a dos reyes Carlos 1 de Inglaterra en 1649 y Luis XVI- y reprimiendo las sublevaciones proletarias. Dejemos por un momento que hablen las fechas y los números.
La Comuna de París, respondiendo a las ejecuciones sumarias de sus soldados hechos prisioneros por los versalleses, pasa por las armas a 60 rehenes. Los versalleses diezmaron al pueblo de París. Según estimaciones moderadas, la represión dejó en París más de 100.000 víctimas. Veinte mil comuneros, por lo menos, fueron ametrallados, y no durante la batalla sino después. Tres mil murieron en los presidios.
La revolución soviética de Finlandia, reprimida en 1918 por los guardias blancos de Mannerheim aliados a los soldados alemanes de Van der Goíz, ¿reprimió antes de caer a algunos de sus enemigos? Es posible; pero el número fue tan reducido que ni la misma burguesía los toma en cuenta. Pero por el contrario, en este país de 3.500.000 habitantes, donde el proletariado no existe en gran proporción, 11.000 obreros fueron fusilados por las fuerzas del orden y más de 70.000 internados en campos de concentración.
La República de los Soviets de Hungría (1919), se funda casi sin derramamiento de sangre, gracias a la abdicación voluntaria del gobierno burgués del conde Károlyi. Cuando los comisarios del pueblo de Budapest juzgan desesperada la situación, abdican a su vez, entregándole el poder a los socialdemócratas. Durante los tres meses que duró, la dictadura del proletariado húngaro, bien que amenazada sin cesar por las invasiones checoslovaca y rumana en sus fronteras y por los complots internos, golpeó en total 350 enemigos: están comprendidos en esta cifra los contrarrevolucionarios caídos armas en mano durante las sublevaciones locales. Las bandas de oficiales y los tribunales de Horthy hicieron perecer "en represalia" a muchos miles de personas e internaron, encarcelaron, vejaron a decenas de miles.
El Soviet de Munich (1919) hizo pasar por las armas, en respuesta a la masacre de 23 prisioneros rojos por el ejército regular, a 12 rehenes. Después de la entrada de la Reichswehr en Munich, 505 personas fueron fusiladas en la ciudad, de las cuales 321 sin el menor simulacro de justicia. De ese número, 60 eran rusos aprehendidos en la confusión.
De las víctimas del terror blanco que desoló las regiones donde la contrarrevolución triunfó, momentáneamente, en Rusia, no poseemos estadísticas. Sin embargo, se ha calculado en un millón las victimas tan sólo de los pogroms antisemitas en Ucrania, en tiempos del general Denikin. La población judía de ciudades enteras (Festov) fue degollada sistemáticamente.
Se estima en 15.000 el número de obreros que perecieron por la represión, durante las insurrecciones obreras de Alemania, de 1918 a 1921.
No mencionaremos aquí nombres de mártires ni episodios simbólicos. No tratamos más que de basar algunos principios sobre cifras. Demasiadas experiencias dolorosas debieran haber enseñado al proletariado sobre este punto, demasiados regímenes de terror blanco están todavía en acción como para que se necesiten demostraciones minuciosas.
De Gallifet a Mussolini, pasando por Noske, la represión de los movimientos revolucionarios obreros, incluso los que los socialdemócratas aceptan presidir, como ha sucedido en Alemania, se caracteriza por el designio de golpear a las clases trabajadoras en sus fuerzas vivas: en otras palabras, de exterminar físicamente, y completamente si fuera posible, a sus élites.
La represión es una de las funciones esenciales de todo poder político. El Estado revolucionario, en su primera fase de existencia por lo menos, lo necesita más que cualquiera. Pero parece que, en sus tres elementos fundamentales -policía, ejército, tribunales, prisiones- el mecanismo de la represión y de la coerción casi no varía. Acabamos de estudiar una policía secreta. Hemos descendido hasta sus más sucios y secretos reductos. Y hemos constatado su impotencia. Esta arma, en manos del antiguo régimen, dijimos, no podía salvarlo ni matar a la revolución. Admitimos, sin embargo, la decisiva eficacia de esta arma en manos de la revolución. El arma es la misma sólo en apariencia: una institución, repitámoslo, sufre profundas transformaciones según la clase a la que sirve y los fines que persigue.
La Revolución Rusa destruyó el aparato coercitivo del antiguo régimen, de abajo arriba. Sobre esas ruinas jubilosamente amontonadas creó el suyo propio.
Esforcémonos por esbozar las diferencias fundamentales entre la represión tal y como la ejerce la clase dominante y la represión tal y como la ejerce la clase revolucionaria. De los principios generales que un análisis somero nos revele, deduciremos algunos corolarios sobre el papel de la policía en uno y otro lado.
En la sociedad burguesa, el poder es ejercido por la minoría rica contra las mayorías pobres. Un gobierno no es más que el comité ejecutivo de una oligarquía de financieros apoyados por las clases privilegiadas. La legislación destinada a mantener en la obediencia al conjunto de asalariados -la mayoría de la población- debe ser forzosamente muy compleja y muy severa. Hace que todo atentado serio a la propiedad entrañe de una u otra manera la supresión del culpable. Ya no se ahorca al ladrón; y no porque los principios "humanitarios" hayan "progresado", sino porque la proporción de fuerzas entre las clases poseedoras y no poseedoras y también el desarrollo de la conciencia de clase de los pobres, ya no permite al juez lanzarle un reto semejante a la miseria. Pero nos limitamos a seguir la legislación francesa que es de una ferocidad media- el robo calificado es penado con trabajos forzados; y la pena de trabajos forzados se cumple en condiciones tales, se agrava de tal manera con penas accesorias", que la vida del culpable queda casi destruida. Toda pena de trabajos forzados significa el doble: el condenado está obligado a residir en alguna colonia un tiempo igual a la duración de su estadía en la prisión; los condenados a más de 8 años de trabajos forzados quedan obligados a residencia perpetua en la Guayana. ¡ Se trata de la más malsana de las colonias francesas! El confinamiento, pena "accesoria" perpetua, que también se cumple en la Guayana, bastante parecida de hecho a los trabajos forzados, es precisamente el destino de los reincidentes de robo no calificado. Cuatro condenas por robo, estafas, etc. -el robo sucesivo de 4 piezas de cien sous constituiría un caso ideal; he visto muchos expedientes de confinados para saber qué es de los casos de este tipo- pueden entrañar confinamiento; también siete condenas por vagabundaje: en otras palabras, hallarse siete veces seguidas sin pan ni albergue en los adoquinados de París es un crimen castigado con pena perpetua. En Inglaterra y en Bélgica, donde existen workhouses (casas de trabajos forzados) y asilos de mendicidad, la represión de la mendicidad y del vagabundaje no es menos implacable. Otro rasgo. El patronazgo tiene necesidad de mano de obra y de carne de cañón: la ley castiga implacablemente el aborto.
Con la propiedad privada y el sistema asalariado como principio, ningún remedio eficaz puede ser aplicado a las enfermedades sociales tales como la criminalidad. Una batalla permanente se libra entre el orden y el crimen; el "ejército del crimen" se dice, ejército de miserables, ejército de victimas, ejército de inocentes inútil e indefinidamente diezmado. Lo siguiente todavía no ha sido recalcado con suficiente insistencia: la lucha contra la criminalidad es un aspecto de la lucha de clases. Tres cuartas partes de los criminales de derecho común, por lo menos, pertenecen a las clases explotadas.
El código penal del Estado proletario, por regía general, no admite la pena de muerte en materia criminal (otra cosa es que la supresión física de ciertos anormales incurables y peligrosos sea a veces la única solución). Tampoco admite penas a perpetuidad. La pena más severa es de diez años de prisión. La privación de libertad, medida de seguridad social y de reeducación, que excluye la idea medieval del castigo, es la pena que se impone. En ese dominio y en la situación actual de la Unión de Soviets, las posibilidades materiales son naturalmente muy inferiores a lo apetecido. La edificación de la sociedad nueva -que será sin prisiones no comienza por la erección de prisiones ideales. El impulso existe, sin duda; ha comenzado una reforma profunda. Igual que el legislador, los tribunales tienen en cuenta, con un claro sentido de clase, las causas sociales del delito, los orígenes y las condiciones sociales del delincuente. Veíamos que el hecho de hallarse sin pan ni techo constituye un delito grave en París; en Moscú es, si está en relación con otro delito, una importante circunstancia atenuante.
Frente a la ley burguesa, ser pobre es frecuentemente un crimen, siempre una circunstancia agravante o una presunción de culpabilidad. Frente a la ley proletaria, ser rico incluso dentro de los estrictos limites en que durante la NEP se permitía el enriquecimiento es siempre una circunstancia agravante.
NOTAS 1. He relatado estos episodios en Pendant la guerre civil. Ed. Librairie du Travail, París, 1921.
I. ¿Ametralladora, máquina de escribir, o...?
II. La experiencia de dos revoluciones
III. El terror ha durado siglos
IV. De Gallifet a Mussolini
V. Ley burguesa y ley proletaria
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